Sofregit

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Marc Vicens, 2018.

A las dos, el olor del sofrito rebasa las barreras, se escapa por las rendijas de las puertas, invade la escalera, se cuela en todos los pisos y llega hasta la calle, envolvente, insobornable, imposible de ocultar. Parece mentira que el tomate, el ajo y la cebolla, que por separado y en crudo no son más que vegetales, produzcan, al achicharrarse juntos en el infierno del aceite de oliva, ese aroma sensual, lujurioso, tan universal e innegable como el café cuando se tuesta o el pan recién horneado. Pero la vecina sabe que no hay que precipitarse, que el sofrito se tiene que reducir, que, como decía su madre, “el arroz, cuando el sofrito se ponga chocolate”, y deja que se deshidrate, que se consuma, y contra toda norma dietética y culinaria, lo apura hasta que se empieza a agarrar, y lo rasca con la cuchara de madera y entonces, cuando el aroma ya se dora, se tuesta, y la sensualidad llega a la embriaguez, al exceso, la vecina echa el arroz, lo rehoga, lo quema en la cazuela incandescente.

David Monteagudo, Hoy he dejado la fábrica, Editorial :Rata–, 2018.

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